09 Isabel
Otoño de 1970.
Salía del dentista y caminaba por la Plaza Anibal Pinto cuando pasaron los carros
alegóricos del carnaval de liceos de Valparaíso.
El mayor de ellos llevaba a la reina de ese año, muchacha de extraordinaria belleza.
La contemplé mientras el desfile avanzaba hacia mí y seguí observándola hasta que
su carro se perdió por calle Condell.
Entonces creí haberme olvidado de ella para siempre.
La tarde siguiente yo pasaba lentamente en mi Austin Mini por la calle Valparaíso de
la ciudad de Viña del Mar, mirando las muchachas que caminaban por la acera
Norte, costumbre de esos años.
De pronto, en un grupo de cinco o seis, resplandeciente, la hermosa reina del
carnaval.
Según mi costumbre, decidí abordarla.
Desesperé por un lugar donde estacionar mi amado primer auto y tan pronto lo
conseguí caminé apurado hacia donde había visto al grupo de chicas.
Pensé en mi desastroso uniforme de ese entonces: pantalones y chaqueta de blue
jean, botas de media caña, una de ella con el cierre roto desde hacía algunos años.
Poco después las conseguí, me acerqué a ellas y, caminando junto a la hermosa
reina, asombrado de mi suerte de estar a su lado, le hablé intentando tener éxito.
Ella me miró dulce y sencillamente y me contestó como si me conociera desde
siempre, algo nunca visto por un sinvergüenza como yo,
Era el punto final de la conquista.
Simplemente no habría conquista por hacer.
Ese ser maravilloso se entregaba al desconocido con una inocencia y naturalidad que
yo jamás había visto ni pensé que existiera.
Nos fuimos en mi carro.
Paseamos la tarde entera mientras ella me contaba de su vida y de los suyos, a
quienes yo comenzaba a sentir como parientes que siempre tuve y de quienes, hasta
entonces inexplicablemente no había tenido noticia.
Caminando a orillas del mar nos besamos, solo nos besamos, mil veces como viejos
amantes y ya tarde en la noche fui a dejarla a su humilde casita camino abajo en una
quebrada entre Viña del Mar y Quilpué.
El auto se estacionaba junto a la carretera y era necesario caminar por la quebrada,
cerro abajo por un amplio camino de tierra. Me invitó a pasar y me presentó a su
madre y a su hermana. Lo hizo de modo tan natural y con tanta sencillez que sentí
que los conocía desde siempre, mas aún, que eran parte de mi familia y yo de la suya
y que me asombraba recién conocer a estos parientes míos tan cercanos.
Fueron algunas noches, no recuerdo cuántas, que llegué hasta su casita a visitarla, a
sentarme junto a ella, a besarnos cada vez con mas pasión.
Una de esas noches se jugó el partido Italia Alemania, final del mundial de fútbol. No
sé si lo miramos por TV o era que yo lo miraba y ella solo me acompañaba. El partido
no terminaba. Durante la prórroga se hicieron 5 goles que me trajeron alegría y
zozobra. Probablemente yo quería que ganara Italia. Creo que el partido terminó a
las 2 de la mañana, hora de Chile. Entonces me despedí para viajar a Santiago. Isabel
no me quería dejar ir. Me pedía quedarme en su casa. Alegaba que era tarde y
peligroso. Que la lluvia. Que el vino que yo había tomado. En esa época manejar
borracho era pecado venial. Nos besamos largo bajo la lluvia y partí soñando volver a
verla tan pronto pudiera.
Días después, al atardecer, estacioné donde siempre y comencé a bajar la quebrada
hacia el camuflado palacio de mi adorada reina. Para mi sorpresa, cuando apenas
había comenzado a bajar, apareció a la puerta de su casa caminando hacia mí.
Denotaba tristeza.
Me lo dijo como es ella, con una sencillez que te desarma: mamá me ordenó que no
puedo verte mas porque eres un hombre sin oficio y nada sabemos de ti.
Me pareció asombroso.
Ella nunca me dijo que era reina de belleza ni nada que pudiera considerarse
aparentar.
Yo nunca le dije nada de mi que pudiera hacerle pensar que me sentía más
importante que simplemente el hombre que la amaba.
No supe por qué callé y no defendí mi posición.
No fui capaz de decirle aunque fuera mira que tengo un empleo y que compré con
modesto dinero bien habido este pequeño pero veloz amado carro celeste, estos
blue jeans y estas botas de cuero cubiertas por dentro de chiporro y con el cierre
roto, detalle que tal vez haya sido lo que me condenó a ojos de mi madre, perdón,
de esa madre que me parecía mía y que en realidad era suya.
La besé y me fui para no regresar.
¿Por qué callé? Nunca lo entendí.
Tal vez no quise hablarle bien de mí porque hablar bien de un tipo como yo al final
de cuentas es mentira o al menos silencio culpable porque jamás le hubiera podido
decir que la soledad a que me condenaba no era del todo tal, visto que incluso tenía
otra reina y algunas doncellas todas las cuales si bien no eran perfectas y
maravillosas como ella me hacían más que llevadera la incontenible juventud.
Además el hecho de ser expulsado, execrado, arrojado a las tinieblas, despojado de
mi amor me parecía una experiencia inolvidable, como en efecto fue.
Poco tiempo después, por esas coincidencias que tiene la vida, apareció una foto mía
en el periódico de Valparaíso, al costado de un artículo donde se anunciaba la
inauguración de unos laboratorios de una universidad donde yo era el mandamás
del caso.
Al día siguiente de la publicación, Isabel y nuestra madre aparecieron por mi oficina,
me trataron con insoportable respeto pues había dejado de ser simplemente el
novio y el hijo vago que veía televisión, y trataron de pedirme disculpas. Isabel
lloraba.
La abracé, la besé, le prometí que al final de la jornada me acercaría hasta su casa.
No volví. Un descuido me tenía en trance de casarme, lo que hice a los pocos días.
Meses después, ya casado y en un auto mas modesto porque el mini había
terminado de romperse tras un choque aterrador después del cual demoré varios
minutos en recordar que no iba solo y casi media hora en encontrar a mi hermosa
acompañante, cerro abajo en un charco de sangre que hacía aún mas hermosos su
rostro claro y pelo rubio, encontré a Isabel esperando bus. Me detuve y todo fue
otra vez como siempre, como si nos hubiéramos conocido toda la vida y como si los
meses pasados no hubiesen escrito palabra alguna en el blockchain adulterable de
nuestro ser.